
Afuera, el calor de Asunción no perdona. Son esas tardes de finales de verano donde el aire acondicionado a tope parece una súplica más que un lujo, y yo estoy acá, con tres entregas de diseño pendientes y el zumbido de la notificación de Slack silenciado hace diez minutos. Me quedé mirando mi cuaderno. Estaba lleno de listas: 'ajustar kerning para el logo de la farmacia', 'enviar factura a los clientes de Buenos Aires', 'comprar yerba'. Pendientes, siempre pendientes. Pero en medio de todo ese ruido visual, me di cuenta de que el cuaderno estaba vacío de mí. No había una sola línea que no fuera una orden para mi yo trabajadora. Ahí fue cuando abrí la pestaña de Hotmart, esa que tengo anclada hace casi un año, y me forcé a no cerrar el navegador.
El cuaderno A5 y la trampa de la productividad rígida
Empecé con esto del crecimiento personal a los 28, cuando una racha laboral fea me dejó con la sensación de que mi creatividad era un limón exprimido al que ya no le salía ni una gota. Ahora tengo 31 y sigo intentando entender cómo ser freelance sin que el ritmo me coma viva. Hace unos nueve meses, cuando me anoté en este curso de empoderamiento femenino, mi primera reacción fue tratar de agendarlo. 'De 8 a 9 de la mañana, crecimiento personal', escribí en Google Calendar. Duré dos días. Para las mentes creativas, o al menos para la mía, planificar la introspección en bloques rígidos es lo más parecido a matar una idea antes de que nazca. La introspección tiene que integrarse en el caos, no intentar ordenarlo.
Mi herramienta principal es un cuaderno de ISO 216, específicamente el formato A5 (148 x 210 mm). Es lo suficientemente grande para que mis pensamientos no se sientan apretados y lo suficientemente chico para que no me intimide la página en blanco. Pero hay un problema técnico que nadie te cuenta en los videos de YouTube: la humedad en Asunción suele superar el 70%. Eso significa que si uso una lapicera de gel muy líquida en un papel de alto gramaje, la tinta tarda una eternidad en secar. Me ha pasado de cerrar el cuaderno apurada para atender un Zoom y terminar con una mancha azul que parece un test de Rorschach en la página siguiente. Pero incluso esa mancha tiene su sentido.
Escritura libre entre vectores y entregas
Uno de los ejercicios que más me costó, pero que más me dejó pensando, es la escritura libre. El material del curso sugiere las famosas Morning Pages, que tradicionalmente son tres páginas de flujo de conciencia. Yo no llego a tres páginas ni aunque me paguen el triple por un logo. Mi versión es más corta y ocurre cuando el cerebro se me traba. Si no puedo resolver una paleta de colores, cierro el Illustrator, agarro el cuaderno y escribo lo que sea. No busco frases inspiradoras. Escribo: 'me duele la espalda', 'el cliente no sabe lo que quiere', 'tengo hambre'.
Hay algo casi místico en el roce del papel rugoso contra mi mano mientras tacho con un marcador negro una creencia limitante que ya no me sirve. No es un acto de magia, es un acto físico. Sentir la resistencia de la fibra del papel me baja a tierra. Es el momento en que dejo de ser un avatar que entrega archivos .pdf para volver a ser Magdalena. A veces, ese ejercicio se interrumpe por el timbre del delivery o porque el ventilador de techo empezó a hacer un ruido raro, y está bien. Aprendí que no necesito un retiro en la montaña; necesito esos quince minutos de honestidad bruta entre una reunión y otra.
El mapeo de energía: ¿A dónde se va lo que soy?
A principios del otoño pasado, el curso propuso un ejercicio de 'mapeo de energía'. Consiste en anotar durante una semana qué actividades te dejan vibrando y cuáles te dejan como si te hubieran pasado por encima con un tractor. Descubrí cosas obvias y otras no tanto. Diseñar para mis clientes antiguos, esos que conservo desde antes de la pandemia, me da paz porque ya nos conocemos los ritmos. Pero las 'llamadas de alineación' con prospectos nuevos me drenan hasta el alma.
El mapeo de energía no es para cambiar tu agenda de un día para el otro —ojalá fuera tan fácil— sino para dejar de culparte por estar cansada. Si sé que una reunión me va a vaciar, trato de no agendar diseño pesado para después. Es una forma de respeto propio que no me enseñaron en la facultad. Obviamente, no soy psicóloga ni terapeuta, solo soy una diseñadora que intenta no quemarse los fusibles, así que siempre es bueno hablar estas cosas con un profesional si sentís que el cansancio ya no es solo por el trabajo.
Cuando la rutina se rompe (y el mundo no se acaba)
Durante las fiestas de fin de año, mi rutina se fue al tacho. Entre las entregas de cierre de año y los compromisos familiares, mi curso de Hotmart quedó juntando polvo digital. Ver tres semanas de ejercicios en blanco y sentir esa punzada de culpa antes de recordar que no estoy compitiendo con nadie fue mi mayor aprendizaje de ese mes. La plataforma tiene esa ventaja de acceso offline a través de la app, así que a veces escuchaba los módulos mientras esperaba en el tráfico de la Avenida Mariscal López, pero no es lo mismo que sentarse con el cuaderno.
Lo que me salvó de abandonar del todo fue recordar la garantía de satisfacción de 7 días que tenía cuando compré el curso. Me acordé de que lo elegí porque quería algo que aguantara mi ritmo, no algo que me dictara cómo vivir. Si el curso puede esperar a que yo termine un branding urgente, entonces el curso es bueno para mí. El crecimiento real no ocurre cuando hacés todos los ejercicios seguidos como una alumna perfecta, sino cuando decidís retomar después de haber fallado. La pausa es parte del proceso, no es un error en el sistema.
Hace un par de semanas, el ritmo de trabajo se volvió particularmente caótico. Tenía dos marcas pequeñas locales pidiéndome cambios 'para ayer'. En otro momento hubiera intentado ponerme al día con los módulos del curso a las dos de la mañana para no 'quedarme atrás'. Esta vez decidí no hacerlo. Descubrí que el crecimiento real ocurre en la pausa, en la decisión consciente de decir 'hoy no puedo'. Esa pequeña victoria de no forzarme a ser productiva incluso en mi crecimiento personal fue más empoderadora que cualquier ejercicio de visualización.
Hoy, mi rutina es menos perfecta y más real. Sigo siendo la misma Magdalena que se olvida la cuia de mate en una esquina del escritorio hasta que el agua está helada, pero ahora tengo estas pequeñas anclas. No espero que estos ejercicios cambien mi vida de la noche a la mañana ni que me conviertan en una gurú de la organización. Me conformo con el dato pequeño de la semana: hoy pude escribir diez minutos sin pensar en el trabajo. Y ese espacio en blanco en el cuaderno, ese que no tiene logos ni correcciones, es donde realmente estoy creciendo. Al final, diseñar mi propia vida requiere la misma paciencia que ajustar el espaciado de una tipografía: un milímetro a la vez, sin apuro, viendo cómo respira el diseño.